miércoles, 4 de noviembre de 2009

Los Nobles


En el mundo antiguo la participación política, es decir la incidencia en los asuntos que tenían que ver con la actividad estatal y su correspondiente impacto en lo social, quedaba reservada para cierta clase de personas. Estos individuos políticos ostentaban su condición en razón del poder que otro parámetro social les otorgaba: la riqueza derivada de la posesión de la tierra o una jerarquía importante en lo militar. Esa clase articulaba su poder sobre los esclavos, sostén económico del posterior feudalismo y aquella clase fue la que impulsó el desarrollo del concepto de ciudadanía, porque ciudadano es el que, al tener derechos políticos participa en lo relativo a la política. En otras palabras, el concepto de ciudadanía tiene un origen de mierda.
Y ser ciudadano hoy implica hacerse cargo, o por lo menos ser consciente de ello.

Verán, existe un texto que, desde el punto de vista correcto, es el mas importante (porque la Biblia me chupa un huevo) y es la Constitución Nacional. Dicho texto es una norma suprema, de ella derivan los derechos que nos permiten gozar de la realización de aquellas acciones que mas nos reconfortan, sean las que fueren según los gustos de cada uno. Y como esos derechos están enunciados en esa Ley Fundamental, nadie nos los puede quitar. Pero, después de una joda, por lo general hay que juntar los puchos, tirar las tapitas, barrer los vidrios del vaso que un boludo rompió, etc. Es decir: los derechos que nuestro sistema nos otorga vienen con ciertas responsabilidades. El derecho a voto es obligatorio porque hace a la salud de la democracia, porque como receptores de las virtudes, de los beneficios del sistema, es lógico tener que velar por su integridad.
De todo esto, sin pensar mucho, surge lo siguiente.

La verdad es que a la hora de votar, las consecuencias de la elección no recaen solo sobre nosotros, sino también sobre aquellos que no tienen acceso a la participación política. Sobre aquellos que no reciben ningún beneficio de la política y aun así son usados para la política por los aparatos de siempre. Sobre aquellos que, como nosotros, tienen sus derechos en la Constitución, pero están tan despojados de la posibilidad de ejercerlos que ya no son personas y bancan como esclavos en la Edad Media. Mientras el resto tiene la preocupación de la seguridad y de la inflación por todas partes, ellos, sufriendo de todas las necesidades y faltas mas básicas e inimaginables, deben soportar al gobernante que elegimos los ciudadanos de primera y que por supuesto tiene soluciones políticas para nuestros problemas políticos… y solo para los nuestros. Al igual que en la Roma Antigua, somos ciudadanos y somos bastante soretes…
Así que seria bueno que empecemos a evolucionar como soretes y pensemos en el resto a la hora de elegir.


Jerry Maguire

viernes, 9 de octubre de 2009

Mi voto no es positivo: la paradoja de la educación negativa



Muchos de nosotros consideramos que el enfrentamiento entre los intereses de cierto sector agrario y las políticas económicas del gobierno es la culminación de una determinada manera de hacer política. El proyecto económico empezado por Néstor Kirchner y continuado por Cristina Fernández se articula sobre una serie de características de implementación que algunos calificaron de setentistas, allá por el fin de la debacle económica y el inicio de un gobierno nuevo, con aires de renovación sureña. Esta forma de implementación no es sino, la forma, el estilo de hacer política de un gobierno: para algunos agresivo, autoritario, demagógico. Para otros, justo, esperanzador, progresista. Una de las ventajas de la democracia es la posibilidad de alinearse bajo la ideología que más nos convenga… o convenza.

En este marco, el gobierno de la presidenta buscó aumentar la recaudación a través de una medida impositiva que recayera sobre el sector agrícola, el 35% de los ingresos neto iría directamente a manos del ejecutivo. Y fue este el punto en donde las tensiones entre dos de los actores políticos más importantes colisionaron irremediablemente. Ambos, el Estado y la mesa de enlace, se mantuvieron fieles a su manera de batallar. Por un lado, el gobierno kirchnerista, con su indeclinable personalidad de tomar medidas a todo o nada sin importar, valga la redundancia: nada, y por otro, las agrupaciones agrícolas (cuya representación campestre deja mucho que desear) no dejaron de lado su tradicional concepción sobre sí mismas: el campo es argentina, el granero del mundo, el trabajador de verdad es aquel que trabaja en el campo y un largo etcétera que viene desde la época en que Martínez de Hoz fundaba la Sociedad Rural y con ella otorgaba inimaginables extensiones de campo argentino a una pocas y concentradas manos que, al día de hoy parecen seguir viviendo en el siglo XIX.

Fue entonces cuando le toco decidir a los representantes del pueblo. Y fue cuando en esa madrugada, el vicepresidente Julio Cobos voto en contra no de una medida sino del gobierno.

Entonces: ¿qué no deja ese episodio en particular? La obviedad de la pregunta es contestada con el simple hecho de observar la división más grande entre lo que llaman el campo y la ciudad, entre el progresismo y el conservadurismo, entre el capital político perdido por el gobierno y el adquirido por una parte de la oposición. Es cierto, muchas cosas quedaron dichas a partir de ese momento.

Pero lo llamativo es el impacto que todo esto dejo sobre aquellos que no son actores políticos activos, sobre los individuos que no tienen una opinión política constante y homogénea, capaz de perdurar en el tiempo. Dado que este enfrentamiento congregó a los dos elementos políticos más importantes del país, a saber: el Estado y la representación de esa parte del campo, es innegable el grado absoluto de publicidad que tuvo ese debate en la Cámara de Senadores. Ese debate implicó la atención de muchos de los que no suelen impregnarse de la realidad política, sobre todo los jóvenes. Y es en la mente, en la personalidad, en la formación política de estas personas (que, repito en general son jóvenes) en donde se verifica la verdadera riqueza que este enfrentamiento dejó, pese a que es una cuestión que aun no ha terminado. Aquellos que vieron por primera vez a un vicepresidente votar en contra de su presidente más que el inicio de una crisis de poder, vieron el verdadero espíritu de la democracia. Institucionalmente, el daño generado por la acción del vicepresidente es en mi opinión grande. Se supone que su cargo es un pilar de la construcción política, desde donde se aporta para el correcto direccionamiento del país: un hombre que fue elegido para un proyecto de gobierno y que a su vez acciona de una manera distinta a los valores por cuales fue elegido, genera un daño irreparable, innecesario y absolutamente repudiable. Para que no queden dudas: el voto no positivo, no es positivo para aquellos que abogamos por un proyecto de país serio, con solidez valorativa, justo y redistributivo en todo aspecto. Pero también es cierto que de este tipo de acciones, nuestra historia está plagada. Desde un punto de vista más amplio, el hecho de que un vicepresidente actúe de manera extraña a lo normal arroja una inesperada consecuencia: la inclusión de aquellos que no son individuos constantes en la política, a través de la publicidad que adquirió este debate. Todos fuimos testigos de la materialidad del juego político, todos sin darnos cuenta asistimos a una manifestación del funcionamiento del sistema. En este sistema vivimos, de esto se trata la verdadera política, nos guste o no. Y es este pensamiento el que quedara grabado en aquellos a los cuales no les interesa la política pero aun así se vieron involucrados en ella a partir de ese debate.

¿Nuestra personalidad política se está formando debido a estas controversias institucionales a lo largo de la historia? ¿Nuestra educación en términos de identidad de país se construye a través de estas situaciones a simple vista negativas? ¿Es esta una educación negativa? Las respuestas irán surgiendo según pase el tiempo, pero no tengo dudas de que educar al soberano (y el soberano es el pueblo) nunca fue más fácil de hacer que ahora.


Jerry Maguire